Lejos de ser un simple pasatiempo, los videojuegos podrían haber dejado una huella profunda en quienes crecieron con ellos durante los años 80 y 90. Según la psicología, esta generación ahora tendría una “ventaja invisible” a la hora de criar a sus hijos.
Diversos estudios señalan que quienes crecieron jugando desarrollaron habilidades clave como la resiliencia, la tolerancia a la frustración y la capacidad de adaptación. Esto se debe a que los videojuegos de esa época exigían repetir niveles, aprender de los errores y mejorar constantemente para avanzar.
Este proceso, basado en el ensayo y error, ayudó a formar una mentalidad más persistente frente a los desafíos, algo que hoy puede trasladarse a la crianza, donde la paciencia y la gestión emocional son fundamentales.
Además, los especialistas destacan que los videojuegos ofrecían entornos con reglas claras, objetivos definidos y recompensas proporcionales al esfuerzo, lo que reforzó habilidades como la toma de decisiones y la resolución de problemas.
En este sentido, los adultos que crecieron en esa etapa no solo ven los videojuegos como entretenimiento, sino como una herramienta que influyó en su desarrollo emocional. Esto podría facilitar una mejor comprensión de sus hijos, especialmente en un contexto donde el gaming forma parte central de la vida cotidiana.
Sin embargo, los expertos también advierten que el beneficio no está en jugar por jugar, sino en el tipo de experiencias y aprendizajes que se obtienen de ellas.
Así, la generación gamer no solo cambió la forma de entretenerse, sino que ahora podría estar transformando la manera de educar, demostrando que los videojuegos también pueden dejar aprendizajes que van más allá de la pantalla.



