Los videojuegos muchas veces son usados como chivo expiatorio para justificar actos de violencia o extremismo. Sin embargo, el foco real del problema no está en el juego en sí, sino en los espacios de conversación —foros, chats y comunidades— en los que algunas narrativas radicales se incuban.
Ese es el argumento central del análisis publicado en El País, que examina cómo comunidades de jugadores alojan discursos extremos bajo apariencia inocua, aprovechando anonimato, jerarquía informal y términos compartidos. Muchos jóvenes llegan a estos espacios motivados por interés en los juegos, pero terminan conviviendo con ideas ultraconservadoras, conspirativas o de odio.
El texto señala que la lógica de radicalización en estos entornos sigue patrones conocidos: primero hay un vínculo afectivo con la comunidad, luego una normalización progresiva de ideas extremas y, finalmente, una radicalización activa. Lo preocupante: los moderadores suelen tener escasa formación para detectar discursos de odio o adoctrinamiento, y las políticas de moderación de las plataformas son débiles o reactivas.
Aunque estas redes tienen impacto local limitado, pueden servir como molinos de reclutamiento ideológico o como espacios de validación para usuarios con tendencias extremistas latentes. Aun así, es difícil medir su alcance o vinculación con actos reales: los chats privados son opacos, la mayoría de los estudios son cualitativos y no hay transparencia en los datos.
El artículo concluye con una reflexión clave: para entender la radicalización en el mundo gamer debemos mirar más allá del entretenimiento y dirigir la atención hacia lo que sucede en sus comunidades digitales —los foros, los hilos, los susurros—, donde se nutren discursos peligrosos.



