En tiempos donde las campañas contra las adicciones buscan impactar con cifras alarmantes y eslóganes llamativos, la realidad parece estar marcando su propio camino. Un cambio cultural silencioso pero firme está alterando los hábitos de consumo entre los jóvenes: cada vez más, la Generación Z elige el frenesí de los videojuegos sobre el vértigo del alcohol.
Ya no es extraño que ante la disyuntiva entre una cerveza y un control de consola, los nacidos entre finales de los noventa y principios de los dos mil opten sin dudar por una partida de Fortnite, Valorant o GTA Online. “Tómate tú la cerveza”, podrían decir con una sonrisa, mientras conectan sus audífonos y se sumergen en mundos digitales que ofrecen emoción, competencia y socialización… sin resaca.
Para generaciones anteriores, como los baby boomers o la generación X, cumplir la mayoría de edad era casi sinónimo de beber alcohol: un rito de paso, una señal de adultez. En muchas familias, quien se abstenía de beber era visto como alguien ajeno al grupo, alguien que no sabía “convivir”.
Pero los tiempos cambian. Hoy, el alcohol ya no es la única vía —ni la más deseable— para liberar tensiones, convivir o simplemente escapar. La embriaguez ya no tiene el mismo glamour. No se trata aún de una condena social al consumo de alcohol, pero sí de una progresiva pérdida de atractivo. El encanto de la botella comienza a diluirse entre nuevas formas de euforia cultural.
El entretenimiento moderno ofrece una gama de estímulos igual o más intensos, y sin efectos secundarios: el streaming con sus series maratónicas, las redes sociales que conectan a millones en segundos, y sobre todo, los videojuegos, que no solo entretienen sino que han moldeado la infancia y adolescencia de esta generación.
Desde los boomer que dominan Facebook, hasta los más jóvenes que habitan TikTok, Instagram o Snapchat, la vida digital es el nuevo campo de juego. En él se ríe, se llora, se gana, se pierde… y se vive. Y, en muchos casos, sin necesidad de una sola gota de alcohol.



