El futuro de los videojuegos parece estar en un momento crítico, donde los costos de desarrollo de superproducciones (AAA) han alcanzado niveles insostenibles. La inversión en títulos como *God of War: Ragnarok*, *Horizon: Forbidden West* o *The Last of Us Parte II*, que superan los 200 millones de dólares, ha obligado a la industria a reflexionar sobre el equilibrio entre costos, retorno de inversión y expectativas de los jugadores.
Los videojuegos modernos, especialmente los más ambiciosos, requieren equipos masivos y años de desarrollo, lo que hace que el tiempo sin retorno financiero sea largo y riesgoso. Por ejemplo, si un juego como *Final Fantasy XVI* costara 250 millones de dólares y la empresa esperara un retorno del 200%, necesitarían vender alrededor de 12 millones de copias a precio completo para cubrir la inversión. Esto se vuelve complicado en un entorno donde los costos no paran de subir y las ventas, en muchos casos, no alcanzan las expectativas iniciales.
Además, las editoras como Square Enix o Ubisoft se enfrentan a la presión de mantener contentos a los accionistas, lo que obliga a maximizar las ganancias a corto plazo, sin poder esperar años para ver si un título recupera su inversión a través de ventas prolongadas, merchandising o DLCs.
Frente a esto, la industria de los videojuegos podría estar acercándose al final de una era, donde los grandes RPG con gráficos ultrarrealistas y largas horas de juego serán más raros. El futuro podría centrarse en proyectos más pequeños, con presupuestos ajustados, gráficos funcionales y menos contenido, para mantener la rentabilidad. Es posible que nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial, ayuden a abaratar costos o que los estudios se deslocalicen a países con costos de mano de obra más bajos.
En definitiva, si las empresas no ajustan sus estrategias, la viabilidad de seguir creando grandes producciones podría estar en peligro, y los jugadores también tendrán que aprender a moderar sus expectativas sobre lo que recibirán en los próximos años.



