En un movimiento inquietante, Boston Dynamics ha dotado a su robot Spot de la capacidad de hablar con un perfecto acento británico, creando una experiencia casi humana en la interacción con las personas. Sin embargo, este avance tecnológico plantea profundas cuestiones éticas y morales.

La tendencia a humanizar la tecnología no es nueva, pero cuando esta tecnología permite mantener conversaciones y se convierte en una especie de “relación personal”, surgen dilemas éticos significativos. Los adolescentes, por ejemplo, pueden llegar a ver a estos asistentes generativos como ídolos, y los adultos pueden utilizarlos como terapia, confiando en un algoritmo con limitadas restricciones y la capacidad ocasional de “alucinar”. Estamos entrando en un territorio peligroso donde estas “relaciones” no solo podrían fallar, sino que también podrían ser manipuladas para influir en el comportamiento de las personas.

Las interacciones humanas pueden influirnos de muchas maneras, pero al menos están basadas en experiencias y conversaciones con individuos con cierto criterio. Pasar de eso a ser influenciados por asistentes generativos sin restricciones claras es una barbaridad. La falta de educación sobre esta tecnología hace que las personas otorguen una supuesta “autoridad” a los algoritmos, subcontratando su pensamiento crítico a las respuestas que obtienen a través de medios tecnológicos. La falta de comprensión sobre estas herramientas puede llevar a problemas psicológicos y trastornos de la realidad, transformando la tecnología en algo mágico y peligroso.

El verdadero problema no es la tecnología en sí, sino los individuos irresponsables que la lanzan al mercado sin precauciones adecuadas. Reglamentar la tecnología no es suficiente; es necesario controlar a aquellos que buscan explotarla sin considerar las consecuencias. Estamos ante un dilema que, de no ser abordado adecuadamente, podría llevarnos a lamentar muchas cosas en el futuro.