Hace 34 años, Nintendo no quería que jugaras demasiado pronto. En una época en la que los lanzamientos globales simultáneos eran un sueño lejano, muchos gamers del mundo simplemente no podían esperar. Así nació una fiebre por importar consolas y juegos directamente desde Japón, pese a los riesgos. ¿El objetivo? Tener antes que nadie lo último en videojuegos. ¿El obstáculo? La propia Nintendo.
Abril de 1991. La compañía publicó una advertencia oficial en Nintendo Power, su icónica revista, pidiendo a los jugadores que no importaran el Super Famicom (nombre japonés del Super Nintendo). Con tono casi paternal, la gran N advertía:
“Las importaciones ilegales son compras arriesgadas”.
¿Los motivos?
Nintendo mencionaba la falta de instrucciones en inglés, incompatibilidades con futuros juegos americanos, ausencia de garantía y servicio técnico, e incluso que la consola no cumplía con los estándares eléctricos y de seguridad de Norteamérica. En resumen: era mejor esperar.
Spoiler: Nadie esperó.
A muchos gamers nada de eso les importó. Ya sabían en lo que se metían, y estaban dispuestos a traducir menús, buscar adaptadores y hasta modificar consolas. Para ellos, la posibilidad de jugar Super Mario World o F-Zero meses antes que el resto del mundo era una victoria invaluable. La pasión vencía a cualquier manual mal traducido.
Y con los años, esa pasión definió una era: la de los foros de importación, los cartuchos japoneses con pegatinas misteriosas, y las consolas con transformadores del tamaño de un ladrillo. Nintendo no pudo detener la ola… pero sí dejó testimonio de que lo intentó.
Hoy, esa advertencia es vista más como una reliquia curiosa que como una amenaza real. Una muestra de cómo cambió el mundo gamer, de lo local a lo global, y de cómo —incluso en los 90— los verdaderos fans ya sabían cómo salirse con la suya.



